La moción de la perreta
Daisy Sánchez Collazo
Por más que se disfracen de institucionalidad, hay momentos en que la mayoría del PNP en la Legislatura Municipal de San Juan no puede ocultar su vena autoritaria ni su fragilidad emocional. Y cuando no logran imponer su voluntad, recurren a lo que en el diccionario boricua se conoce como la perreta: ese berrinche infantil que se lanza cuando no se consigue lo que se quiere.
La escena reciente fue digna de un salón de kínder, pero con presupuesto público. Al no lograr silenciar a la delegación del Movimiento Victoria Ciudadana (MVC) tras una querella absurda contra su portavoz, la mayoría legislativa decidió montar su espectáculo: una moción que no tenía otro propósito que castigar por despecho. No por violaciones reales, sino por atreverse a hablar, por atreverse a señalar, por atreverse a existir con dignidad.
¿El “delito”? Un fondo de pantalla con el logo de una organización ciclista. Una mano cerrada con el dedo índice apuntando hacia arriba, símbolo de protección a la vida en las calles. Pero la ignorancia es atrevida, y en su afán de censura, los legisladores del PNP decidieron que aquello era un puño cerrado. Y eso sí que les aterra. Porque el puño cerrado convoca todo lo que ellos temen: resistencia, organización, conciencia.

La moción de la perreta fue su respuesta. Una imposición visual que obliga a las delegaciones a usar un fondo oficial, como si eso borrara la vergüenza de haber intentado silenciar a una minoría por ejercer su derecho a la expresión. Es un castigo simbólico, sí, pero también una confesión: le temen a los símbolos que no controlan, a las voces que no callan, a los gestos que no les pertenecen.
Y mientras ellos se parapetan detrás del escudo de San Juan, ese mismo escudo parece mirarlos con horror. Porque cada vez que imponen, censuran o castigan por capricho, se alejan más de los valores democráticos que dicen defender. La mayoría puede decidir qué se aprueba, pero no puede decidir qué se piensa. Y mucho menos puede legislar contra la dignidad.
La moción de la perreta no es solo un acto ridículo. Es una radiografía del miedo, del autoritarismo disfrazado de procedimiento, del poder que no tolera la disidencia. Y como todo berrinche, lo que revela no es fuerza, sino debilidad.





Fotos tomadas de Facebook. "Nadie se queda solo".